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sábado, 17 de noviembre de 2007

Señor y esclavo de la palabra


Columna "Juego de Ojos"
Por Miguel Angel Sánchez de Armas
Xalapa, Veracruz, México.


Durante los últimos veinte años de su vida Winston Churchill fue aclamado como el más grande inglés de su tiempo y a su muerte, el 24 de enero de 1965 a los 91 años de edad, millones de seres humanos le guardaron luto en todos los rincones de la tierra. Con su nombre se han bautizado desde buques de guerra hasta cigarrillos; los libros sobre su vida y obra podrían llenar una biblioteca; la televisión y el cine lo estelarizaron; los cuadros que pintó se venden a precios exorbitantes en las galerías más afamadas y sus frases y dichos han sido inmortalizadas en letras de bronce en recintos cívicos en todas las latitudes.

Winston Churchill es sin duda una de las figuras más importantes del siglo XX. Su vida política se extendió de 1911 a 1955, cuarenta y cuatro agitados años durante los cuales el mundo se vio envuelto en dos guerras mundiales y las relaciones geopolíticas dieron un giro de 180 grados. Dos veces ministro de la Marina (Primer Lord del Almirantazgo), Ministro para Pertrechos de Guerra, Ministro del Interior, Ministro de Hacienda, dos veces Primer Ministro e miembro de la Cámara de los Comunes tanto por el Partido Liberal como por el Conservador.

Fue también soldado y periodista. En marzo de 1916 en el frente occidental una granada alemana estuvo a punto de alcanzarlo. “Diez metros más a la izquierda –escribió a Clementine, su esposa- y hubiera sido el fin de una vida de altibajos, el obsequio final e inapreciado para un país malagradecido”.

Orador compulsivo y escritor enorme y prolífico, dejó, según la azorada reflexión de David Cannadine, “Una incomparable e intimidante montaña de palabras”. Según las cuentas de este editor, entre 1900 y 1955, Churchill pronunció en promedio un discurso a la semana: ocho volúmenes con más de cuatro millones de palabras.

En 1953 Churchill recibió el Premio Nóbel, mas no por su extraordinaria carrera como estadista, sino por su obra literaria. He aquí a un hombre notable en todos los sentidos, incluyendo los excesos y las pasiones, cuya infancia y juventud, sin embargo, no fueron preludio de nada sobresaliente. Al contrario, fue un niño enfermizo y torpe, nada brillante y rechazado por sus compañeros de escuela. Era bajo de estatura, más bien jorobado, de andar torpe, piel delicada, mentón débil y cintura generosa. Y como si todo eso no fuera desgracia suficiente, tartamudo.

Winston Leonard Spencer Churchill nació en 1874 en el palacio Blenheim de Oxfordshire, al oeste de Londres, hijo del político conservador Lord Randolph Churchill y de la norteamericana Jennie Jerome. Fue descendiente directo de John Churchill, primer duque de Marlborough (1650-1722) y tuvo una infancia solitaria criado por su nana, la señora Everest. Recibió instrucción en la escuela Harrow, en donde fue una medianía. Lo admitieron en el colegio militar de Sandhurst después de presentar tres veces el examen de admisión y causó alta en el Cuarto Cuerpo de Húsares en 1895, el año en que su padre murió.

El lector recordará de anteriores entregas una frase que me gusta repetir a riesgo de caer en el odiado lugar común: una permanente autoconstrucción interna, es decir, esa capacidad que todos llevamos pero que pocos ejercen, que nos permite crecer emocional e intelectualmente sin cesar. Algo así como el aprendizaje y la educación permanente. Creo que Winston Churchill es el ejemplo más acabado de ello. Para ser estadista tuvo que ser orador. Para ser orador no podía ser tartamudo... ergo, superó ese impedimento a pura fuerza de voluntad.

En la constelación de nombres y hazañas que pueblan la historia de la Pérfida Albión, Winston Churchill es, si no el más conocido, sí uno de los que más evocan la imagen del sacrificio generoso, la valentía ante la adversidad y el amor férreo a la patria, virtudes acentuadas por una elocuencia magnífica y fijadas en una prosa dura y limpia como metal bruñido.

Por eso resulta un tanto asombroso e incómodo, al recordar las virtudes de este hombre, contrastarlas con el juicio que mereció de sus compatriotas durante una buena parte de su carrera: Inflado, huero, superficial, ofensivo, insensible, administrador mediocre, inestable... parece que los adjetivos críticos fueron tan abundantes en su vida como los elogiosos son hoy a su memoria.

David Cannadine, editor de un volumen de sus discursos, juzga que “Parte del problema fue que lo mismo exuberante de su retórica y la desconcertante facilidad con que la aplicaba a causas diversas e incluso contradictorias, sirvió para reforzar la sensación difundida desde muy temprano en su carrera y hasta bien entrada la década de los cuarenta, de que era un hombre de temperamento inestable y juicio defectuoso, sin pizca del sentido de las proporciones [...] Además, la prosa bruñida de Churchill frecuentemente asestaba grandes ofensas y reforzaba otra crítica extendida: que era por completo insensible a los sentimientos de los demás [...] Como una vez dijo Attlee, ‘el señor Churchill es un gran amo de las palabras, pero es algo terrible cuando el amo de las palabras se convierte en un esclavo de ellas, porque nada hay tras esas palabras, sólo son palabras de ofensa’ [Su oratoria] con frecuencia sonaba falsa, vana, pomposa e inflada [...] Después de escucharlo, una mujer opinó que era ‘un ridículo hombrecillo, detestable cual actor cómico’, con sus brazos cruzados, ‘su mechón alborotado y su vocecilla de teatro popular’.

Conozco a mujeres y hombres que aún recuerdan con emoción las arengas de Churchill transmitidas por la bbc, y su tono de voz más bien apagado que contrastaba con las ideas certeras y las metáforas deslumbrantes de sus discursos. ¿Cómo construir la capacidad de decir tantas cosas en tan pocas palabras? Sólo los verdaderos estadistas tienen ese don. El 18 de junio de 1940, en una de las horas negras de la nación, en vísperas de la “Batalla de Inglaterra”, con el sombrío sentimiento de que el pueblo inglés llevaba a sus espaldas todo el peso de la agresión nazi, Winston se dirigió a la Cámara de los Comunes en una alocución memorable:

“Seamos fuertes en nuestro deber, y con tanta fortaleza, que si el Imperio Británico y el Commonwealth existen dentro de mil años, la humanidad siga diciendo: Este fue su gran momento.”

Dos meses después, el 20 de agosto, ya con las bombas alemanas cayendo día y noche sobre el país, de nuevo subió a la tribuna para expresar magistralmente el sentimiento de la nación hacia el puñado de bravos pilotos de combate que defendían los cielos de la Patria:

“Nunca antes en el campo de los conflictos humanos, tantos debieron tanto a tan pocos.”

El Diccionario Oxford de Citas Célebres consigna 54 referencias a Churchill, lo que lo coloca en el nivel de los clásicos de la antigüedad. Y la lectura así sea a vuelapluma de sus discursos es un viaje de asombros por su capacidad para construir imágenes siempre sugerentes, con frecuencia deslumbrantes y en ocasiones hilarantes. Algunas tomadas al azar: “Los imperios del futuro serán los imperios del espíritu” (6 de septiembre de 1943); “Desde Stettin en el Báltico hasta Trieste en el Adriático, una cortina de hierro ha descendido a lo largo del continente” (5 de marzo de 1942); “Si Hitler invadiera el infierno, hablaría a favor del diablo en la Cámara de los Comunes” (11 de noviembre de 1940).

Su sentido del humor también fue legendario. Según recordó su hijo en una entrevista con la bbc en 1992, durante una estancia como huésped en la Casa Blanca, salió de la regadera -se imaginará usted en qué atuendo- y se encontró de frente al presidente Roosevelt. Sin inmutarse, Churchill expresó: “¡El Primer Ministro no tiene nada que esconder al Presidente de los Estados Unidos!”

Otra anécdota que se popularizó con otros personajes y otros ingredientes, se debe a la memoria de Consuelo Vanderbilt. En una reunión, Churchill se topó con Nancy Astor, con quien tenía un mutuo desagrado. Con fingida sonrisa y agudo sonsonete, la mujer le dijo: “Milord, si yo fuera su esposa… le pondría veneno en su café…” A lo que respondió el político: “Señora, si yo fuese su marido... ¡lo bebería!”

lunes, 17 de septiembre de 2007

La "Gran Guerra"


Columna Juego de Ojos
Por Miguel Angel Sánchez de Armas
Xalapa, Veracruz, México.


Salvo por la extensión territorial que asoló y el número de pueblos que involucró, la II guerra no tuvo nada de “grandeza”. Protesto, pues, y exijo a los señores académicos que se dejen ya de sus retozos lingüísticos, olviden el onanismo gramatical que les da discutir si “molcajete” y “guacamole” son o no términos a ser incluidos en el Gran –ése sí- Diccionario, y de una maldita vez se pronuncien sobre el grave asunto que en más de una oportunidad he puesto a su augusta consideración y declaren nula la expresión que da título a esta columna.
Dicho lo anterior, abordo el tema de hoy: el sexagésimo octavo aniversario del colosal conflicto que cobró la vida de más de 60 millones de seres humanos y sobre cuyas cenizas se construyeron la sociedad y el mundo actuales.

El 3 de septiembre de 1939 Inglaterra y Francia declararon la guerra a Alemania después de que el maloso e insensible Hitler se negara a atender el “ultimátum” presentado por el Primer Ministro británico (¡Ah, Chamberlain, aquella gelatina! O, como lo describiera Orwell, “[ese] estúpido anciano que se conduce conforme a los dictados de su muy escasa inteligencia”).

A los millones de vidas perdidas hay que sumar los trastornos a la organización social, la destrucción de las economías, la recomposición geopolítica del planeta, la desorganización familiar, las hambrunas y la desolación que se extendió por la tierra.

Quisiera poder decir que los años transcurridos desde el término del conflicto fueron de paz, pero basta una breve e incompleta cronografía para comprobar, como si fuera necesario, que el estado natural de la sociedad humana es la guerra: 1947: matanzas en el Punjab; 1948: primera guerra árabe – israelí; 1950: guerra de Corea; 1952: rebelión Mau-Mau en Kenya; 1954: derrota francesa en Vietnam; 1956: guerra de Suez; 1956: revolución anticomunista en Hungría; 1956: revolución argelina; 1959: revolución cubana; 1960: revolución congoleña; 1961: fallida invasión a Cuba; 1963: conflicto de Chipre; 1964: guerra de Vietnam; 1965: invasión norteamericana a la República Dominicana; 1967: guerra de los seis días; 1967: guerra civil en Biafra; 1968: rebelión anticomunista en Checoslovaquia; 1973: guerra del Yom Kipur; 1975: guerra civil en Angola; 1977: guerra civil en Líbano; 1979: invasión soviética en Afganistán; 1980: guerra entre Irán e Irak; 1981: ataque israelí a Irak ;1982: invasión israelí al sur del Líbano; 1982: guerra de las Malvinas; 1983: invasión norteamericana a Granada; 1986: enfrentamiento norteamericano y libio; 1987: primera Intifada en Palestina; 1989: invasión norteamericana a Panamá; 1991: guerras de secesión en Yugoslavia; 1991: guerra del Golfo; 1993: invasión rusa a Chechenia; 1999: intervención de la OTAN en Kosovo; 2000: nueva Intifada palestina; 2001: invasión a Afganistán; 2003: invasión a Irak; 2006: guerra de Israel contra Hezbolla.

Lo dijo Ambrose Bierce en su Diccionario del Diablo: “Paz, en los asuntos internacionales: periodo de engaño entre dos periodos de lucha”. Y hace dos mil años Publio Cornelio Tácito, al comentar las gloriosas conquistas romanas, se limitó a murmurar: “Hicieron un gran desierto… ¡y lo llamaron paz!”.

También a la “gran guerra” debemos el inicio de lo que puede ser el holocausto de nuestra especie: el lanzamiento de dos bombas atómicas en territorio japonés, la comprobación empírica de las capacidades de una nueva arma, organizada y dispuesta por el aparato militar vencedor.

Después, claro, vendría el fariseísmo. Estados Unidos e Inglaterra firmarían una “Carta del Atlántico” con los siguientes puntos:

1. Sus países no buscan ningún engrandecimiento territorial o de otro tipo.

2. No desean ver ningún cambio territorial que no esté de acuerdo con los votos libremente expresados de los pueblos interesados.

3. Respetan el derecho que tienen todos los pueblos de escoger la forma de gobierno bajo la cual quieren vivir, y desean que sean restablecidos los derechos soberanos y el libre ejercicio del gobierno a aquellos a quienes les han sido arrebatados por la fuerza.

4. Se esforzarán, respetando totalmente sus obligaciones existentes, en extender a todos los Estados, pequeños o grandes, victoriosos o vencidos, la posibilidad de acceso a condiciones de igualdad al comercio y a las materias primas mundiales que son necesarias para su prosperidad económica.

5. Desean realizar entre todas las naciones la colaboración más completa, en el dominio de la economía, con el fin de asegurar a todos las mejoras de las condiciones de trabajo, el progreso económica y la protección social.

6. Tras la destrucción total de la tiranía nazi, esperan ver establecida una paz que permita a todas las naciones vivir con seguridad en el interior de sus propias fronteras y que garantice a todos los hombres de todos los países una existencia libre sin miedo ni pobreza.

7. Una paz así permitirá a todos los hombres navegar sin trabas sobre los mares y los océanos.

8. Tienen la convicción de que todas las naciones del mundo, tanto por razones de orden práctico como de carácter espiritual, deben renunciar totalmente al uso de la fuerza. Puesto que ninguna paz futura puede ser mantenida si las armas terrestres, navales o aéreas continúan siendo empleadas por las naciones que la amenazan, o son susceptibles de amenazarla con agresiones fuera de sus fronteras. Consideran que, en espera de poder establecer un sistema de seguridad general, amplio y permanente, el desarme de tales naciones es esencial. Igualmente ayudarán y fomentarán todo tipo de medidas prácticas que alivien el pesado fardo de los armamentos que abruma a los pueblos pacíficos.

La columna “Enola Gay y Little Boy” provocó una avalancha de correos. Unos me corrigen, otros me califican de tonto útil y algunos más de compañero de viaje de los rojos. Preparo un resumen.